Un largo camino a la desidia – Parte II

Segundo Aire

Al tiempo la empresa sufrió cambios estructurales. En el entretiempo ingresaron varios chicos para ocupar el lugar de Alejo. Entró Marie, Andy y Vero. Andy duró muy poco porque su objetivo era juntar dinero para irse a Nueva Zelanda. Vero también, ella comprendió todo rapidísimo. Se dió cuenta de lo que era Alejandro y Gabriel y ni bien consiguió otra cosa se fue. La que quedó fue Marie y nos convertimos en grandes amigas.

Las gerencias se dividieron y a mi me mandaron a otra sucursal en el centro. Así que con Marie solo nos veíamos cuando teníamos algún tiempito en el café de la esquina. Fue duro estar en otro edificio sin ella. Roberto era mi nuevo gerente. Un cuarentón más relajado y buena onda. El grupo era copado. De promedio tendrían 45 años. A pesar de la diferencia de edad, no tardé nada en adaptarme al grupo.

Las cosas iban de maravilla. Roberto era el mejor gerente del mundo. Me permitía proponer ideas con libertad. Me incluía en las reuniones y me escuchaba. Me permitió diseñar y maquetar la página web de la empresa. No podía creer la diferencia en la que me encontraba hace unas semanas atrás.

A Alejandro lo pasaron para mi mismo edificio. Como estaba enojada con él, no le daba bola. Pero fue pasando el tiempo y pesó más la amistad que habíamos tenido que los sin sabores. También porque, desde que Alejo se fue, ya no me daba pelota. No me respondía los mensajes. Eso no me molestó tanto como otra cosa que pasó. Un día nos habíamos juntado en un bar con Marie y Andy. Alejo nos propuso un trabajo. Tenía un cliente muy importante para un freelo. El proyecto nos copaba. Debíamos escribirle confirmándole que ibamos a participar. Le escribimos y nunca más contestó y a las semanas, me pude comunicar con él y me dijo que al final lo tuvo que hacer solo, porque nuestra respuesta le llegó tarde.

La verdad me desilusionó porque me di cuenta que él no contestar mis llamados tenía más que ver con que quería quedarse con ese laburo (y la plata) que con otra cosa. Lo mandé a la mierda y nunca más volvimos a hablar. A él no le costó nada salirse del grupo de WhatsApp. Los chicos no tenían nada que ver, yo había sido la que lo enfrentó. Definitivamente quería cortarnos y estaba buscando una excusa para hacerlo. No sé si por soledad pero lentamente fui reconstruyendo mi amistad con Alejandro.

La misma piedra

Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Y tienen razón. Alejandro no paraba de mandarse cagadas. Mi amiga Marie estaba pasando un momento muy feo porque Gabriel estaba intratable. Fue a un par de entrevistas y logró conseguir un trabajo, pero a último momento y cuando ya le había avisado a Gabriel que se iba tuvo que recular. Con toda la verguenza del mundo le pidió a Gabriel que la aceptara de vuelta porque la empresa a la que se iba a ir era un fiasco y el contrato era solo por 3 meses. ¿Por qué digo que Alejandro no paraba de mandarse cagadas? Porque ni bién se enteró de lo que le pasó a Marie me mandó un mensaje de voz que decía “¿Adiviná quien renunció y tuvo que volver? Adiviná a quien le iba a caer todo el trabajo? jajajajaja”. La bronca que me agarró. Este tipo no para de cagarla. Para colmo se hizo amigo de Sergio (el que me golpeó con un folleto en la cabeza). ¿Y saben que? Estaba adoptando la misma actitud servil que con Gabriel. Se ve que necesita alguien que lo mandonee.

Por más que Alejandro estaba teniendo esas actitudes bastante horribles yo seguía siendo su amiga. Se ve que soy dura para aprender y capitalizar la experiencia.

La explosión

Marie logró cambiar de trabajo. Estaba feliz por ella aunque también algo triste por mi. Yo era la única que seguía en la empresa. Pero lo que más triste me puso es que me enteré que a pesar de ser la más vieja era la que menos cobraba. Mi sueldo se había quedado estancado. La verdad me sentía muy mal, porque le ponía mucho al trabajo. Me había quedado durante una semana hasta cualquier hora maquetando el nuevo sitio web. Si había algún evento iba y me quedaba hasta que terminaba. Sentía que estaba regalando mi trabajo.

Me costó mucho pero junté valor y hablé con Roberto. Me dijo que lo iba a ver que seguro que no había problema. Me puse muy contenta y seguí dando lo mejor. Pero cuando llegó el día de cobro el aumento era un chiste. Me dijeron un chamullo cósmico de porque no me podían dar mas que eso. Me sentí muy enojada y me puse a llorar de la impotencia. Llegué a casa y ahí fue que decidí tomarme vacaciones. Hablé con Esteban, mi novio y lo convencí de que usáramos los ahorros que teníamos para irnos de viaje. “Pero… ¿A donde querés ir?” me dijo. “A Europa.”.

La verdad necesitaba que me pasara algo lindo. Y no dudé en gastar todo lo que tenía para hacer ese viaje. Además como está el país era mejor que lo hiciese en ese momento.

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Un largo camino a la desidia – Parte I

El enamoramiento

Primer día en el nuevo trabajo. Estaba muy nerviosa. La empresa era gigante. Tenía unos 200 empleados en total. Me recibió Noelia la de recursos humanos, me pidió sacarme una foto contra una pared. Luego vino Alejandro. Muy simpático. Usaba una camisa a cuadros. Me presentan al equipo. Había otro diseñador Alejo. Un chico rellenito, simpático aunque algo inseguro. Nos hicimos amigos al instante.

Los nervios se fueron yendo a medida que iban pasando los días. Alejandro era nuestro supervisor y era muy buena onda. El gerente era Gabriel (el de la entrevista). El aire se cortaba con cuchillo cuando él llegaba. Un tipo muy tenso pero que cuando se relajaba mostraba una linda sonrisa. Fue una etapa muy linda. Alejandro, Alejo y yo nos volvíamos juntos en el subte, charlando y riéndonos. A veces parábamos por un pancho en la esquina.

Fueron pasando los días y Alejandro, Alejo y yo nos hicimos muy amigos. Creamos un grupo de WhatsApp a parte del laboral y nos mandabamos memes, bromas y hasta organizábamos salidas. El resto del equipo tenía muy buena onda también estaban Vale, Gime, Nati y Male. Hacian laburo más administrativo. A veces íbamos todos juntos a almorzar a una parrillita “Chicha”.

Primeras señales

El trabajo me encantaba. Aprendía muchísimo de los dos Ales. Aunque Gabriel era muy autoritario la buena onda del grupo era tan grande que no importaba que fuese medio jefe ogro. A veces tenía malos tratos hacia las chicas y hacia Alejo. A Alejandro también lo trataba medio mal a veces. Por momentos parecían amigos. Por momentos amo y esclavo.

Alejandro le cumplía todos sus caprichos. Encorvado, se acercaba todo nervioso y le decía “siisis, jejjee sisiiss” mientras el otro a los gritos pelados. Esa parte no me gustaba mucho. Yo también actuaba igual. No se porque asumí ese rol. Un poco todos hacíamos eso, luego cuando se iba le sacábamos el cuero. Nos quedábamos media hora pasadas las 6 de la tarde, porque sentíamos que si nos íbamos a horario “quedaba mal”.

Un día pasó algo que me prendió una alarma. Gabriel le dijo a Alejandro que me dijera a mi que diseñara cierta pieza gráfica. Ale me transmitió el mensaje pero agregándole partes con la excusa de “Yo lo conozco bien, hace 10 años que trabajo con él. Sé lo que le gusta.” Le creí. Nunca me cagaron tanto a pedos (* recibir un apercibimiento por parte del jefe en porteño). Lo peor de todo es que Alejandro se cayó la boca y no dijo que fue él quien me sugirió diseñarla de esa manera. Su cara parecía decir “Ay como no te diste cuenta”. Yo me quedé petrificada. No lo podía creer.

Más tarde se lo comenté a Alejo y me dijo que con el también había pasado. Que eso medio que no le cabía. En ese momento Alejo y yo nos unimos más. Nos sentíamos líbres de poder hablar sobre eso y generamos más confianza.

La primera decadencia

Fueron pasando los meses y cada vez más Alejandro fue mostrando la hilacha. La posta (*la verdad en porteño) era la siguiente: Alejandro odiaba su trabajo. Estaba ahí porque Gabriel lo había traido de otra empresa. Para sobrevivir elegía soportar sus maltratos y adoptar una actitud servil. Por otro lado, en su casa, su mujer le gritaba y maltrataba. Nos contaba que pudiendo descansar y disfrutar del fin de semana, se metía en tareas y arreglos hogareños monumentales para sobrevivir al maltrato que recibía por parte de Marta, su esposa.

Esto lo sé porque una vez me acompañó a una reunión y me lo contó con lágrimas en los ojos. Me sentí mal por él. No sabía que hacer, estaba a punto de tomar el subte con un cuarentón de 2 metros, gordo como un oso, que estaba por largarse a llorar en cualquier momento. Me dijo “Es.. es.. que no entendés… mi mujer… es como Gabriel”. Se me partió el corazón.

Yo fluctuaba entre tenerle pena y bronca. Porque cuando podía, te transmitía mal la información y no se hacía cargo del resultado. Te hacía chistes rarísimos que no tenían ninguna coherencia. Se hacia el ‘yo lo sé todo’ y me manexplaneaba o tiraba una bardeada (*cargada en porteño). Una vez me dijo “no te sale porque sos corta” y acto seguido me tiraba “es un chiste, ¿Cómo te voy a decir eso?”.

Mientras tanto la situación en la oficina se iba complicando. Gabriel cada vez estaba más tenso y maltratador. Un día me llamó para hablarme en privado. Me sentó en la misma mesita donde me había entrevistado y me marcó una serie de errores. Me puse a llorar. No por los errores en si, sino porque esos errores fueron producto de Alejandro. Con bronca y lágrimas en los ojos me puse firme y le expliqué la situación. Había un teléfono descompuesto. Se quedó sorprendido. Horas después me comunicó que desde ese momento iba a tratar conmigo directamente sin intermediarios. Para mi sorpresa nuestra relación fluyó desde el día uno. El supuesto ogro de la empresa, tan dificil de complacer, era super claro conmigo y estaba feliz con mi trabajo. Con decir que en la evaluación anual me puso la calificación más alta.

Al pasar las semanas habló con Alejandro y lo sacó del puesto de supervisor. La cosa se puso muy rara entre nosotros. Seguíamos yendo a comer todos juntos pero con Alejo sabíamos que no podiamos fiarnos de él. Ese día cuando le dan la noticia fuimos a comer y en la fila para comprar, de la nada me miró con una mirada muy rara. Los ojos parecían muertos pero me miraban fijo. La sensación es como si escondieran algo oscuro atrás. Los ojos se ponen como opacos como si taparan algo. El rictus parecía el de alguien muerto. Dijo una frase incomprensible y luego, como siempre, dibujo su significado y me contó que sentía que había perdido todo. Que no le iba bien en su matrimonio, que había perdido su puesto de supervisor y que todo le salía mal.

Un día estábamos con Alejo en la cocina sirviéndonos café. En eso le hago una pregunta, le suena el teléfono y se va corriendo al pasillo. Era obvio para mi. Cuando vuelve le digo “¿Conseguiste otro trabajo?”. Me miró sorprendido y me llevó a un costado. “¿Cómo sabés?”. Lo presentí le dije. Lo abracé y felicité. Unos días después nos sienta a todos y nos cuenta la buena nueva. Todos lo felicitamos y nos alegramos por él. En eso se para para ir al baño y con la silla aun caliente Alejandro dijo “Bueno, no es tan buen trabajo… ahora tiene que pagar monotributo… no está tan copado al final.”. Hizo una risa burlona. Me dió una bronca que hiciera eso. Ahí senti que la cosa ya no iba para más.

La entrevista

En noviembre de 2015 estaba trabajando para una gráfica. Un agujero. Lleno de pibes de 18 años que se la pasaban todo el día haciendo chistes sin gracia. Me pagaban el mínimo y encima mitad en blanco y mitad en negro. En ese momento yo vivía en Morón (provincia de Buenos Aires) y este trabajo era en Munro. Tenía 3 horas de viaje en total con dos combinaciones. Encima estaba preparando el último final de la facultad. El único momento que tenía para leer era en los bondis (*Colectivo o Bus en porteño).

Era el primer laburo en el que podía “hacer diseño gráfico” sin tener que servir café o revolverle el yogurt con sucaritas al jefe mientras me gritaba shiksa desde su oficina. Era un laburo (*trabajo en porteño) gráfico 100%. Un poco monótono, pero me permitió adquirir velocidad en el uso del photoshop.

En ese momento era budista. Creo que aún soy pero no estoy practicando con tanta asiduidad ni yendo a las actividades, pero sigo creyendo. Mis compañeros o “camaradas” budistas me alentaban a repetir un mantra con mi objetivo en mente. Me explicaron que el ser humano consta de 10 estados que van del infierno a la budeidad. Cada estado contiene a los otros diez. Es decir que desde el estado de infierno puedo saltar al de budeidad. Ese salto no implica pasar de sentirte una mierda a sentirte dios, implica que a pesar de sentirte una mierda, podés usar ese sentimiento como impulso para sentarte e invocar el mantra y con eso liberar tu potencial y acercarte a tu objetivo. En términos budistas: “convertir veneno en medicina”

No se si fue por el budismo o porque estaba medio mística en esa época pero si que sentí esos saltos entre infierno y budeidad. En el laburo no aguantaba más. Me había planteado como objetivo conseguir para el 02 de noviembre un laburo en blanco de $10.000 pesos de sueldo. (imagínense lo que ganaba en 2015). Pasaban los días y por más que volvía tarde y destrozada me sentaba llorando a invocar el mantra.

Un día me llaman de una empresa. Voy a la entrevista. La paso. Me vuelven a llamar. Voy a otra. Ahí lo conocí a Alejandro. Un tipo muy alto, rellenito y con pelo crespo y con forma de casquito. Usaba una camisa a cuadros. Ese día me tomaban la prueba de photoshop. Además llevé un PDF con una presentación. Esa entrevista me fue genial. Me faltaba solo una. Cuando llegó el día yo estaba en la sala de espera y entró un cuarentón morocho muy alto con los dientes blanquísimos. Se llamaba Gabriel. Me llevó a una salita y comenzó la entrevista. Me preguntó aspectos puntuales de la empresa que se supone debía recordar de la entrevista anterior. Comencé a tartamudear. Su cara se transformó. Parecía una piedra. Traté de mantenerme animada a pesar de su semblante rígido. Cuando salí de la entrevista me largué a llorar por la calle. Agarré el celular y llamé a mi mamá. “Mami, me fue como el orto”.

Llegué a la casa de mi mamá y ella me animó. Me fui a la que había sido mi habitación y me puse a invocar ese mantra mientras lloraba y pensaba “No se como pero yo voy a conseguir un trabajo para el 02 de noviembre”.

Unas horas después sonó el teléfono. Había quedado seleccionada. La fecha de ingreso 02 de noviembre de 2015. El sueldo eran $10.000.- Creer o reventar.

A ese flyer le falta fuerza

011

Otro día laboral más. Estuve todo el día en modo foca. El día anterior tuvimos un focus group. Una reunión organizada por una empresa externa. En una salita metieron a un representante de cada sector y nos hicieron preguntas sobre el tipo de comunicación que recibíamos de la empresa. Cuando subo al primer piso veo que estaba Sergio. Un ser desagradable. Es morocho y bajito. Me llama la atención como engordó desde que entró a la empresa hace ya 3 meses.

La primera vez que lo ví presentí algo raro. Hay que escucharse más. La intuición es muy importante. Estábamos en una reunión. Me alabó una presentación que había hecho, yo le agradecí y acto seguido dice: mirá que cuando algo no me guste, te lo voy a decir. Esa aclaración fue la que me despertó una alarma interna, la cual no escuché claramente.

Al principio todo estaba perfecto. Lo habíamos integrado al grupito de los almuerzos. Nos ocupábamos de quejarnos sobre cosas que la empresa debía cambiar. Él era muy bueno vendiendo humo y espejitos de colores. Parecía una persona muy segura. Es un tipo inteligente (para la maldad obviamente). Se dió cuenta que soy una piba insegura. Empezó de forma sutil a destruirme la autoestima. Iba tirando frases disfrazadas de ‘te estoy ayudando’. Por ejemplo: Venía a la oficina, me miraba el monitor (aclaro que no tenía por que hacerlo, él se encargaba de otro departamento) y delante de mi jefe tiraba “Esto no está bien resuelto” y se iba. Me daba una bronca. Porque mi jefe me hacía cambiar las cosas.

Lo hizo un par de veces. Cuando me cansé lo llamé a parte y le dije que no me gustaba que hiciera eso. Que me quemaba delante de mis jefes. Parecía que lo entendía pero lo volvía a hacer. Me desconcertaba.

Un día vino a la oficina. Estaba con mi jefe viendo un folleto para un evento que estaba próximo. Había que difinirlo ya y mandarlo a imprimir. Sergio nos da un beso a cada uno y se queda mirando el monitor y dice “A ese flyer le falta fuerza”. Ese fue el colmo, delante de mi jefe le dije “hacelo vos”. Agarró la maqueta de folleto, me golpeó en la cabeza y me dijo “para eso te pagan a vos” Y SE FUE…

En ese momento pensé si yo fuese un flaco me tendría que cagar a trompadas. Pero no, soy mujer y el chabon pesa 800 kg. Re caliente agarré el celular y tuvimos la siguiente conversación:

10:05 am
La Tana

"Hola, si algo me falta power o no te gusta y tenés una idea concreta, mejor decímelo a mí y no delante de mi jefe haciéndome quedar mal. Tenés la costumbre de hacer ciertos comentarios que no cuidan al otro. Yo te cuidaría xq sos colega. Hacé lo mismo."
10:14 am
Sergio

5a
"De imagen está impecable. el 'detalle' es más comercial que para nada te pega a vos. De todas formas quedate tranquila q vivo hablando de manera excelente de tu trabajo x lo que te valoro muchísimo al igual que tu predisposición y dedicacion. Te pido disculpas si te ofendí, pero te aseguro q estás equivocada."5b

Le clavé un visto mágico.

10:55 am
Sergio

"Igual sabes una cosa... no me gustan estos planeteos. Desde q llegué hablo de trabajo en equipo y eso incluye gerentes, no me creo más ni menos que nadie (quizas ese es mi problema).

Pero hablo de TODO delante de TODOS y no me preocupa lo q piensen xq se q hago mi mejor esfuerzo. Te repito...
10:14 am
Sergio
"Te pido disculpas si te ofendí, pero te aseguro q estás equivocada."5b
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10:56
Sergio0111
11:01
La Tana

"Los planteos se hacen en privado. Nunca en público.
11:13
Sergio

"No fue un planteo, fue una opinión. Cuando tenga un planteo hacia vos vas a notar la diferencia. Te lo prometo."

Después de esta escena me fui de vacaciones. Así que tuvo tiempo de enfriarse la situación. Cuando volví a la oficina me llamó con la excusa de tener una charla con un proveedor que justo estaba en la empresa. Fui, estaban en el pasillo. El señor muy amablemente me dió el manual de marca que estaban manjando y DE LA NADA en ese preciso momento Sergio dijo “A ver si aprendés a diseñar”. Saludé al proveedor. No emití sonido. Hervía por dentro. El pelotudo de Sergio se fue para el ascensor y me miró con sonrisita burlona. Lo miré con cara de orto y me fui a mi asiento. Agarré el teléfono y lo denuncié a Recursos Humanos.

Actuaron bastante rápido. No me lo crucé más. No lo despidieron claramente, pero le explicaron que su forma de manejarse conmigo estaba mal. En ese tiempo empecé terapia. Sané mi mente. Trabajé el como influye en mi la opinión de los demás. Empecé a vivir momentos más agradables. Empecé a disfrutar más. Me saque ese veneno emocional…

Volviendo al día del focus group. Cuando entramos en la sala el tipo empezó con los típicos comentarios chotos, no hacia mi, pero haci a mi sector. Por suerte la que daba la charla se dio cuenta y le pedia desarrollo, que claramente dibujaba porque su objetivo era bardear. Pero no se rendía… no no… Luego de un rato de reunión lanzó: “Si cierran el sector x, a la empresa no le va a influir en nada.” Rápidamente la que daba la charla lo cuestionó. De vuelta tuvo que dibujar la respuesta.

Lo diferente fue que a pesar de que el comentario era forro, ya me parecía al pedo. No sentí necesidad de defender nada. Sergio hablaba por si mismo. Ya no lo tomé personal. Me sentí liberada.

Oficina

FEEL

Lunes otra vez… bah martes. Ayer fue feriado. Volvió “la vieja“. Es una señora (no tan vieja pero me gusta decirle así). Se sienta en la misma isla que yo en diagonal a mi. Osea que durante 8 horas la veo por la periferia de mi ojo. No se si “Odiar” es la palabra pero la verdad no la quiero tener cerca. Tuvimos algunos encontronazos en el pasado. Es medio forra la verdad. Nunca tiene nada lindo que decir y cada vez que me habla es para hacerme algún comentario choto, para burlarse de mi trabajo o para preguntarme cosas que siempre terminan en algo raro.

El que se quema con leche ve la vaca y llora, dicen. El otro día estábamos en una reunión. Ella asistió telefónicamente. Preguntó “¿la tanita está?” y al escuchar la respuesta afirmativa prosiguió “ahh bueno porque el aviso que salió el otro día no quedó muy buena la foto“. ¡QUE TE METES! Igual en el momento no me enojé. Sentía paz interior. Había podido comprender que es una vieja sin vida propia que se mete con los demás por aburrimiento. Pero hoy no tengo esa paz interior. Hoy si me molesta.

Hoy llegó y saludó a todos. Se quedó hablando con Esteban. Hablaban de un cuadro que yo le hice. Obviamente me hizo el comentario “Tanita que lindo cuadro me gusta el diseño”. Si ya se no tiene nada de malo eso, pero me da tanta bronca ella en sí misma. Porque se que busca algún contacto conmigo para luego lanzar un “Como está el mercado te vas a quedar sin trabajo y te va a reemplazar una que cobre menos que vos“. Porque lo hace… ya me quemé. Te lo tira así de la nada. Cuando tenés la guardia baja.

De todas formas me siento más fuerte. La terapia me está haciendo bien. Ya no gasto tanta energía al pedo. Prefiero canalizarla o dibujando o escribiendo. El otro día hablé con mi profe de ilustración. Me sugirió anotar todo y empezar a hacer una novela gráfica. La verdad me re emociona el proyecto. Hace unos días empecé a anotar todo en un cuadernito.

 

Feriado

Hoy fue feriado. No lo aproveché como hubiese querido. Dormí bastante. No sabía que dibujar. Di vueltas todo el día. Fui al cine. Vi “Mi obra maestra” con Guillermo Francella y Brandoni. Estuvo buena. Volví relativamente temprano.

Me gustaría dedicarme a la ilustración. Pensar que mañana tengo que ir a la oficina me inquieta un poco. Si bien hago lo que me gusta, quisiera hacerlo cuando y dónde quisiera. Me lo dijo mí profe de ilustración “te diste cuenta que el problema es el capitalismo. Por ende querés ser un niño o un regio”.

A pesar de todo soy privilegiada y lo agradezco. Pero el ser humano siempre quiere un poco más.

→ No estoy tomando nada.
→ No estoy escuchando nada ahora.
→ Estoy leyendo “About to leave” de Fran Meneses.

Me compré un ukelele

ukelele

El otro día me compré un ukelele. Cuando era chica tocaba la guitarra. Fue bastante fácil el traspaso de un instrumento a otro. Estos días estoy buscando hacer algo diferente.

Paso a explicar: mi contexto es una oficina llena de gente vieja y seria. Cada cosa o comentario es tomado con severidad y con seriedad. Me cansan. Me aburren. No saben divertirse. Viven para trabajar y cumplirle el sueño a otro. Piensan que sus tareas son indispensables e intransferibles y que hay una manera correcta de hacer las cosas.

Fui criada bajo ese concepto. Una familia concervadora, nerviosa, estructurada. Tenía cosas buenas eh! No me quejo de todo. Pero siempre me sentí un poco fuera de lugar e incomprendida. Misma historia en el colegio. Yo era la chica rara. Jugaba mucho con mi imaginación. Siempre en mi mente las cosas eran fantásticas. En la realidad había seriedad y represión. No solo de los adultos, muchas veces de mis pares.

Me costó bastante tomarme las cosas de otra forma y aceptar quien soy. Tendía a culparme y a pensar que los demás estaban bien y yo mal. La terapia me ayudó bastante. Hay que pegarla también. Me han tocado psicólogas que dejan bastante que desear. Pero esta me hizo dar un salto abismal.

¿Todo esto salió de la compra de un ukelele? ¡Waw!

→ Tomando café.
→ No estoy escuchando nada ahora.
→ Estoy leyendo “About to leave” de Fran Meneses.

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